La de la gente del metro

Es rubia. Parece nórdica. Creo que hace poco que ha llegado, pero no es turista. Ha venido a estudiar o para quedarse unos meses porque no lleva aquel pequeño plano del metro en la mano, solo se limita a mirar el panel de las estaciones cada medio minuto. Se la ve perdida pero feliz. Tiene en la mirada aquel brillo del que está descubriendo algo que le gusta. Respira el aire de una nueva ciudad y cree que aquí las cosas irán bien. Por fin llega a su estación y baja dudosa aunque con paso firme e ilusionado. Adiós.

Él está sentado en una de las dos sillas del final del vagón. Piensa en el trabajo mientras mueve nervioso la pierna derecha. Parece que repasa cuentas mentales y hay algo que no le cuadra. El traje que viste no es muy caro, solo lo lleva porque le obligan. No le gusta gastarse dinero en algo que es solo para trabajar. Él viste de otra forma normalmente. De hecho, siempre que coge el metro se siente un poco disfrazado. Pero ya se ha acostumbrado. Ya nunca piensa en eso. Con las cuentas, casi se le pasa su parada. Se levanta apresurado y baja mientras las puertas se cierran. Adiós.

A mi lado hay un chico y una chica jóvenes. No tienen más de 20 años. No son pareja. Juraría que van a la universidad juntos y estoy casi seguro de que no hace más de un año que se conocen. Él aún bromea prudente, como buscando sus límites sin arriesgar demasiado. Ella es china. Habla contundente pero siempre sonriendo. Tiene mucho carisma. ¡Ah, sí! Una cosa más, casi se me olvida. Él está perdidamente enamorado de ella. No se molesta ni en disimularlo. Pararía ahora mismo este metro con sus propias manos si ella se lo pidiera. Y sí, ella lo sabe perfectamente. Lo que te espera, amigo… Bajan en la siguiente estación. Adiós.

Enfrente hay una chica de unos 28 años. Hace tiempo que se ha olvidado de ella para atender al pequeño que lleva a su lado, al que escucha atentamente mientras le explica sus batallitas de hoy en el cole. A veces se pregunta qué habría pasado si se hubiera esperado un poco más en tenerlo. Si hubiera acabado la carrera y estuviera trabajando de aquello que tanto soñaba. Pero ahora sus sueños pasan porque se cumplan los del mocoso que se come el bocadillo que lleva mucho más cariño que jamón. Ella carga su cartera y le avisa de que tienen que bajar. Él salta del asiento con energía y se planta impaciente en la puerta. Ella hace una última mirada de las de “que no nos dejemos nada” y se van. Adiós.

La siguiente parada es la mía. He estado de pie, con los auriculares puestos y las manos en los bolsillos. Ya se abren las puertas. Aquí bajo yo. Creo que nadie me ha estado observando, pero por si acaso… Adiós.

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