La de cuando vieron amanecer

Ella tiene las piernas dobladas y los pies encima del salpicadero. Él apoya su hombro en la puerta. Acaban de follar y los dos se preguntan a dónde les llevará eso, pero ninguno dice nada. Es uno de aquellos momentos que es mejor no estropear con palabras. Está empezando a salir el sol. Son las 7 de la mañana y los primeros rayos asoman entre los cristales empañados del coche. En la radio suena una canción desconocida que a los dos les parece perfecta para la ocasión.

Él piensa en lo bonito de ver amanecer. En lo bonito de verlo después de hacer el amor con ella. Piensa que todos los días deberían ser así. Fantasea con una vida sin tener que ir a trabajar. Una vida donde cada día se pueda ver salir el sol desde un mirador después de echar un polvo. Ella cae en la cuenta de que se ha corrido como nunca y siente un escalofrío. Se miran. Sonríen. Él se gira hacia la ventana y apoya la cabeza en el cristal. Ella se deja caer en el respaldo del asiento y se pone cómoda. Mira de reojo la parte de atrás del coche y ve los kleenex usados, la ropa desordenada y su bolso medio abierto, consecuencia de la búsqueda de un condón a oscuras en pleno calentón. Se pone cachonda al pensarlo. Él se pregunta en qué estará pensando. La mira de reojo y no puede evitar dirigir la mirada hacia sus piernas. Ella aún va desnuda. Sólo se ha puesto el sujetador.

El cristal se va desempañando poco a poco y empiezan a corretear algunas gotas de agua por los cristales. El sol cada vez tiene más presencia y algunos rayos indiscretos se meten en el coche descubriendo sus caras. En la penumbra no se ven los trucos. Ahora se ven demasiado. Ella cree que ha llegado el momento de irse a casa y él continua mirándole las piernas. Son delgadas y muy suaves. Lleva puestos unos calcetines pero le quedan muy sexys. Son pequeños, blancos con topos negros.

Él suspira, busca las llaves en el bolsillo y las mete en el contacto. Ajusta el asiento que estaba recostado y se dispone a arrancar. Ella alcanza su ropa y se empieza a vestir. A él le encanta como arquea la espalda para subirse los pantalones. Ella se humedece los labios. Le duelen un poco de tanto besarse. Aún sabe y huele a él. Arrancan y se van. Ella le pone la mano en el cuello y le acaricia suavemente mientras conduce. Él cree estar en el cielo. Es justo lo que necesitaba. Un buen polvo, un amanecer con ella y unas caricias de vuelta a casa mientras se hace de día. Se siente más listo que todos los compañeros de semáforo que le miran con la envidia que dan unos cristales empañados con una pareja dentro. Arranca y piensa que le encanta conducir a estas horas por la ciudad. Con ella al lado. Y decide hacer de ése un momento inolvidable, aunque él aún no lo sabe.

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